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Alfonso I de la Amazonia: el gallego que llegó a Rey de los Jíbaros




Hoy voy a hablar de lo que le sucedió al emigrante Alfonso Graña, un hombre que, como tantos otros, tuvo que marcharse de su tierra, Galicia, a las Américas, a finales del s. XIX-principios del S. XX, con la peculiaridad de que, con un peligroso viaje y un curioso golpe de suerte, su vida cambio por completo para convertirse en ni más ni menos que en el Rey y señor del oeste de la Selva Amazónica, reconocido por la comunidad internacional. 



La tierra de su dominio 

Acompáñenme en esta increíble historia, partiendo de sus humildes orígenes en un pequeño pueblo de la montaña gallega, el drama de la emigración hasta llegar a su espectacular vida en América con historia de amor, de acción y de tribus ocultas incluida. Estoy convencido de que les gustará.


Les dejo, a quien prefiera, el resumen de mi instagram, en este enlace: https://www.instagram.com/p/CPnkoW7rGTa/?utm_medium=copy_link



Foto ampliada



Ildefonso Graña Cortizo, que así era como se llamaba en realidad, nació en un pueblo llamado Amiudal, en el ayuntamiento de Avión, el día 5 de marzo de 1878. Era hijo de Benito Graña, natural también de Amiudal, y de Joaquina Cortizo, de Couso. Nieto de José Graña, bisnieto de Agustín Graña,  tataranieto de Manuel de Graña, estos tres del cercano pueblo de Feás, ayuntamiento de Boborás. El resto de su familia procedía, en su mayoría, de distintos puntos de Avión.


El ayuntamiento de Avión en el mapa de Galicia 


Pese a que pertenece a la comarca del Ribeiro, en la provincia de Ourense, zona famosa por su internacionalmente conocido vino, Avión es ya una tierra de montaña, llena de peñascales, en el que el cultivo de la tierra era difícil, y la gente se tenía que dedicar a la ganadería o a la cantería, entre otros oficios, así como bajar al valle a trabajar las viñas del Ribeiro.


Mapa del ayuntamiento



Esta imposibilidad para el buen cultivo de la tierra se sumó a las enfermedades como la tuberculosis, la difteria o el tifus, que asolaban la tierra gallega a finales del siglo XIX; y a la época de malas cosechas motivadas por las enfermedades que mataban las cepas de las viñas, como el mildew o la filoxera, acabando así con el trabajo que bajaban a hacer al Ribeiro, uno de los principales nichos laborales de Avión. 


Hórreos (construcciones donde se guardaba el grano) en su Amiudal natal. En las ruinas de su casa aún está una lápida que dice que esa era la Casa natal de Alfonso Graña, el rey de los Jíbaros



Y entre tanto, las malas condiciones de vida del rural gallego, siempre tan olvidado por el gobierno de Madrid, donde la gente humilde malvivía en tantas ocasiones con incluso más de una decena de hijos, sin tener lo suficiente para darles una vida buena, dejaba sin esperanzas a las familias de quedarse en la tierra, teniendo que buscar nuevos horizontes allende los mares, donde la vida no era mucho mejor, pero, al menos, tenían trabajo y podían conseguir algo de dinero americano, para después cambiarlo por un número elevado de pesetas para las familias que dejaban en su Galicia y así vivir ellos un poco mejor.


La cercana Pena Corneira, símbolo de una tierra llena de peñascos


Todo esto, entre otras cosas, motivó que una parte mayoritaria de la población de Avión y los pueblos cercanos (del vecino ayuntamiento de Boborás, por ejemplo) tuvieran que tomar el camino de la emigración a América, en un primer tiempo a Brasil y Argentina, y ya en un segundo tiempo, más al norte, como a México o Panamá.


Imagen típica de la emigración gallega: la tristeza que representa para el que se va, dejando todo atrás, y para el que se queda, solo, esperando que el que parte esté a salvo pese a estar lejos del hogar.



En esta primera ola se encontraba nuestro protagonista, Alfonso Graña. Aunque su familia no era de las más pobres del pueblo (su padre era sastre), su vida no era precisamente ideal (véase lo expuesto arriba). Como sus condiciones en Avión no eran buenas, tuvo que emigrar también al Nuevo Mundo, y su destino fue el Brasil. Antes de partir, tuvo que trabajar un año en Vigo para poder pagarse el pasaje, y cuando rondaba los 18 años, cruzó el mar.



Uno de tantos barcos que partía de Galicia hacia Sudamérica 



Y allí se estableció por unos años en Belem de Pará, al nordeste del Brasil.


Él era analfabeto, como tantos otros emigrantes, y su único conocimiento de letras era su firma. Así, se dedicó a trabajos obreros, hasta que en 1910 se dirigió a Perú, más particularmente a Iquitos, al nordeste del país, a las puertas de la inmensa y desconocida selva amazónica.


Iquitos, hoy en día 



Allí, se dedicó a ser un obrero del caucho, producción local que estaba muy en auge, motor de la economía de la zona. A eso se dedicó más de 10 años, entrando en los círculos de españoles de la zona, haciendo amistad con, entre otros, Cesáreo Mosquera, del que luego hablaremos.



Mapa de la zona en la que se estableció 


En 1920, el precio del caucho cayó estrepitosamente, y su economía se arruinó. Esto motivó que Alfonso y un amigo suyo gallego, viendo la ruina del caucho, tomaran la decisión de adentrarse en la inhóspita y desconocida Selva Amazónica.



Esta selva, ajena desde la conquista al poder español y portugués que dominaba el resto del continente, estaba aún poblada por tribus indígenas, incivilizadas y caníbales, que mataban y reducían la cabeza de sus víctimas (seriamente) a los que osaban incomodar su vida selvática.


El río Marañón, señalado en la cuenca del Amazonas


Esta es la zona por donde discurre el Río Marañón, brazo del Amazonas, una zona realmente peligrosa e inhóspita, llena de vegetación ancestral y especies desconocidas, cuya entrada y habitación a los occidentales nunca había sido más que una quimera.


Cabezas reducidas traídas por el propio Graña


Y precisamente sería con una de estas tribus “reductoras de cabezas” con las que se toparon Alfonso Graña y su compañero en su viaje por la selva: los Jíbaros, famosos por no dejar occidental vivo. Y así fue, al menos en parte, pues al compañero lo mataron.


Los Jíbaros


Sin embargo, la hija del jefe de la tribu, como si de un argumento de película se tratara, se quedó enamorada de Alfonso. Al parecer, era un hombre elegante, de buen porte, y la atracción que le causaba a la hija del jefe produjo que le perdonaran la vida, casándose con la hija, y quedándole perdonada la vida.




Y, de la noche a la mañana, por así decirlo, se convirtió en el heredero de la Amazonia, totalmente ajeno a Occidente. Nada se supo de él en la civilización durante años: lo dieron por muerto.


Mientras tanto, en la selva, su suegro murió, y con su astucia, se convirtió en el nuevo jefe de la tribu. Fue una situación realmente increíble: consiguió, habiendo llegado él a América sin saber leer ni escribir, enseñarles a los jíbaros cierta cultura y letras, así como a extraer la sal de las salinas, esencial para conservar la carne y el pescado.




Todos estos avances, sumado a su carisma y poder de mando, motivó que los indios Huambisa, Aguaruna y Jíbaros lo vieran casi como a un Dios, que sumaba los conocimientos que iba aprendiendo de los indios a sus conocimientos occidentales, afianzando aún más su poder.


Los años pasaban, y de vez en cuando se oían en Iquitos, la localidad donde había estado establecido Graña, algunos rumores sobre que un hombre blanco dirigía varias tribus indias en las profundidades de la selva. Pero nadie se esperaba que fuera aquel gallego que, años atrás, se había adentrado en aquel territorio inhóspito.





La cosa seguía así, hasta que un día, ante los ojos atónitos de sus viejos conocidos y del resto de la población, una gran barcaza bajaba por el río llena de carnes, pescados, animales vivos... todo tipo de materias primas. Y, presidiendo, aquel hombre que tantos años atrás había desaparecido: Alfonso Graña Cortizo, el nuevo jefe de los indios, rodeado de sus fieles. Al verlo, algunos no se daban cuenta, pero sus viejos amigos, como Cesáreo Mosquera, lo reconocieron. 


Todos estaban impresionados al ver como esos salvajes reductores de cabezas, como los blancos les decían, podían haber aceptado a Alfonso como su señor. La verdad es que el se portaba muy bien con ellos: en la ciudad, les cortaba el pelo, los vestía como señores de frac y chaqué, los llevaba al médico y los respetaba como ellos le respetaban a él.


Su amigo Cesáreo Mosquera


Una o dos veces al año se presentaba en Iquitos, con su pueblo, como decía, para comerciar mercancías y enseñarles la vida occidental. Además, seguía manteniendo su amistad con Mosquera, un viejo republicano de un pueblo vecino, veterano de la Guerra de Filipinas, que regentaba una librería en Iquitos, y quien sería uno de los mayores promotores de la difusión de sus hazañas en España, siempre tan amiga de olvidar a sus grandes.


Se empezó a hacer conocido, y la gente se fue dando cuenta de que a la única persona a la que los indígenas reconocían, respetaban y obedecían, era a Alfonso Graña. 


Capitán Iglesias Brage 


Una historia conocida es, por ejemplo, la expedición que El Capitán de aviación ferrolano Iglesias Brage quiso a hacer a la Amazonia, con el apoyo de Mosquera y Graña, pero que se vio truncada por la Guerra Civil Española.


Imagínense cuán grande era su poder, todavía nominal, que cuando las grandes compañías del petróleo estadounidenses planearon explotar las vetas petrolíferas amazónicas, se dieron cuenta de que de poco les servía negociar con el gobierno del Perú o de Brasil, pues el verdadero poder sobre la selva lo tenía Alfonso Graña. Así, tuvieron que pactar con él para que los indígenas no les atacaran, y pudieran aprovisionarse de víveres, a cambio de ciertas ventajas para él y sus tribus.


Alfonso y su tribu



Su verdadera puesta de largo tuvo lugar en 1933. Si bien en 1932 ya había salvado a la Latin American Expedition de Mr. Williers, llegaría un evento que cubrió de gloria a este indio-gallego divinizado.


En 1933, el avión del ejército peruano pilotado por el subalférez Alfredo Rodríguez Ballón tuvo un accidente durante la selva, falleciendo a causa del mismo. Dado lo difícil que era llegar hasta la zona, sólo Alfonso Graña con sus jíbaros fue capaz de llegar hasta el cadáver. Con la ayuda de los indios, embalsamó el cadáver y lo introdujo en un ataúd. 


Imagen de un punto del Pongo de Manseriche


El problema es que el lugar del accidente era de muy difícil acceso, y la comunicación parecía imposible. A pesar es eso, y en una escena que parece sacada de una película de acción, en dos balsas de 10 metros construidas por ellos, transportó el féretro y los restos del hidroavión por los complicados e inaccesibles rápidos del Pongo de Manseriche, en una acción realmente heroica.


La gran hazaña


Tras esta epopeya sin parangón, consiguió devolverle el cuerpo del piloto a su familia, con un gran agradecimiento por parte de las autoridades peruanas y de la rica familia del piloto.


Tras esta gloriosa y valiente acción, la soberanía de Alfonso fue reconocida por el gobierno del Perú en un tratado oficial, haciéndose realidad aquella quimera de “Alfonso I de la Amazonia”, el Rey de los Jíbaros.





Y es que Alfonso no era de esos que dejaba que los indios hicieran todo y el se quedaba sentado en su trono (no era una monarquía al uso, es un mero ejemplo). 


Voy a exponerles cuán destemido era realmente Alfonso Graña. Como antes decía, estaba establecido con su tribu en el lugar llamado Pongo de Manseriche, diez jornadas en ca la río arriba desde Iquitos. Era un lugar tan bucólico como peligroso: un cañón lleno de remolinos, con piedras y precipicios de 30 metros, a donde solo algunos jibaros, los más valientes, eran capaces de navegar.





Pero Alfonso Graña, con una valentía especial, y con una Fe peculiar, citando al cronista Gonzalo Allegue, era el único que se atrevía a ir solo con su pértiga. Y lo había clamando a Rafael Ferrer, un misionero que, un siglo atrás, había fallecido en este peligroso río, y cuyo espíritu seguiría, según él, navegando por allí.


El problema fue que, poco después de ser reconocida su soberanía por Perú, falleció. 




Era 1934, 14 años después de haber desaparecido de Iquitos, cuando un (de tantos) pobre emigrante gallego como él era se fue de la civilización para volver tanto tiempo después con una suerte única: acabar convertido en el verdadero Rey de la selva.


Que se sepa, dejó un hijo, quien el decía que era su ahijado, el traductor de la tribu que el llevaba cuando volvía a la ciudad, y hoy en día, su descendencia sigue viva en la zona.





Pese a su impresionante e increíble historia, su memoria, como la de tantos otros grandes, ha sido olvidada, sobre todo en su tierra, tanto en España como en Galicia (salvando honrosas excepciones como Fernández Sendín, quien tanto publicó sobre él). Solo volvió a Galicia una vez desde el momento de su emigración en 1910 pero, como tantos otros, nunca la olvidó,  y llevó por siempre a su Galicia en el corazón.


Les recuerdo que, si les ha gustado, pueden suscrbirse al blog para ver nuevas entradas y, además, pueden seguirme en mi instagram histórico en el siguiente enlace: 







Concluyó mandándole un saludo particular a mi viejo amigo Fernández Ferreiro, sobrino bisnieto del héroe, quien en nuestro primer año de universidad, hace ya cuatro años, me introducía por primera vez en esta impresionante historia.



Espero que les haya gustado esta historia tan bonita y llamativa. Les recuerdo que me reservo los derechos del texto, no así de las imágenes, que no son mías.


Santiago Ogando Pérez.

























Comentarios

  1. Excelente historia por lo menos dejo un legado y demostró el lado bueno de un conquistador conquistado gracias por tan inmortal historia .....

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    1. Pues muchas gracias, estoy totalmente de acuerdo con usted, fue un conquistador respetuoso, favoreciendo a su pueblo. ¡Un saludo!

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  2. Todo un personaje, don Alfonso Graña, quien supo ganarse con hidalguía el aprecio de los indigenas de esa parte de nuestra patria. Cómo no hubieran sido hombres como él los que conquistaran las tierras del Tahuantinsuyo, pero claro eran otros tiempos! Su historia de ser oficialmente reconocido como "rey de los jibaros", -aunque ya lo era entre las tribus de los lugareños- y la proeza de rescatar el cuerpo de Rodriguez Ballón y la vida de su compañero merece ser conocida dentro de la hostoria de nuestro pais, y como vinculo de hermandad entre peruanos y españoles! Gracias por este gran aporte!

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  3. Muchas gracias. Fascinante historia.

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