Eugenia de Montijo y Napoleón III: el amor y la pena entre la violeta de Granada y el Águila de París
Tal día como hoy hace 196 años, el 5 de mayo de 1826, un fuerte terremoto sacude la ciudad de Granada. Mientras tanto, en el palacio de los futuros condes de Montijo (por aquel entonces Condes de Teba), en plena capital nazarí, la condesa se puso súbitamente de parto para dar a luz a su segunda hija superviviente en una tienda de campaña construida para la ocasión de manera urgente en el jardín (por miedo a un derrumbe de palacio). Se le puso por nombre Eugenia.
Doña Eugenia de Montijo, como sería conocida por el título de su padre, crecería como una muchacha de la aristocracia, afrancesada por cierto, entre paseos por el Albaicín y fiestas en París. Esta misma chica, pocos años después, se convertiría en el objeto del amor del presidente de la República Francesa, C. L. N. Bonaparte y, bajo el símbolo de una flor (la violeta), ya como Napoleón III, llegaría a ser con su matrimonio Emperatriz de Francia y gran protagonista del Segundo Imperio Francés.
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Pasemos a la historia.
Como les comentaba, nuestra protagonista nació el 5 de mayo de 1826 en Granada, al sur de España, siendo la segunda hija del entonces don Cipriano de Guzmán, Conde de Teba, y de su esposa doña María Manuela Kirkpatrick, de orígenes en la nobleza irlandesa y belga. Tenía una hermana mayor, Francisca de Sales (“Paca Alba”), de la que luego hablaremos.
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| Las hermanas Eugenia y Francisca |
Doña Eugenia nació en una época que podríamos calificar como convulsa de la Historia de España, en la llamada Década ominosa (1823-1833) del reinado de Fernando VII, en la que las intentonas y los pronunciamientos liberales se sucedían año tras año y ciudad tras ciudad tratando de acabar con el despótico absolutismo (que, aún por encima, no era lo que se dice un buen gobernante) del Rey.
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| La Alhambra, símbolo de su ciudad natal |
Como les adelantaba en la introducción, su familia formaba parte de los llamados “afrancesados”, el conjunto de nobles, burgueses y demás súbditos que, durante la Guerra de la Independencia, se alinearon con José Bonaparte y su hermano Napoleón contra los llamados patriotas, sublevados para defender la independencia de España (entre los cuales unos iban hacia el Antiguo Régimen y otros hacia el liberalismo, siempre hubo divisiones).
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| Cipriano Palafox y Portocarrero, su padre |
Su padre, don Cipriano, era el hijo pequeño de los Condes de Montijo. Cuando tuvo lugar la invasión francesa, se posicionó con José I, y combatió por él en España hasta el final de la Guerra, llegando incluso a partir al exilio con él tras su derrota y luchando con Napoleón en el frente oriental (llegó a recibir de este la Legión de Honor, Máxima condecoración del Imperio Francés).
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| El escudo familiar |
Quisiera, si me lo permiten, explicarles una pequeña curiosidad al respecto de él y de su título y apellido. Si bien oficialmente los apellidos de Don Cipriano, como lo entenderíamos hoy en día, sería Cipriano Palafox y Portocarrero. Sin embargo, como él no era el hijo mayor y el título que heredó fue el título menor de Conde de Teba, que llevaba siglos ligado a la casa de Guzmán, se conoció como Don Cipriano de Guzmán.
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| Su hermano Eugenio |
Esto sería así hasta que, en 1834, su hermano mayor Eugenio, Conde de Montijo y heredero de la familia, falleció, recibiendo Cipriano el título así como la Grandeza de España. Con esto, siendo ya Conde de Montijo y heredero de la casa, cambió su apellido por Portocarrero, ligado a la casa de Montijo y por el cual serían llamadas oficialmente sus hijas.
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| Su madre Manuela Kirkpatrick |
Sin embargo, su madre, Doña Manuela Kirkpatrick y de Grévignée, era hija de un exitoso comerciante de vinos que era cónsul estadounidense en Málaga, y de una aristócrata descendiente de una familia de la nobleza belga.
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| Doña Manuela |
Si bien la familia vivió aquellos primeros años en Granada, el exilio forzoso de su padre tras verse envuelto en unas conspiraciones liberales hizo que la familia marchara a París, donde las hermanas Paca y Eugenia estudiarían en los liceos (pese a que pasaron un pequeño periodo en un intervalo en Bristol, Inglaterra), introduciéndose en la vida social parisina de la época Orléans.
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| La joven Eugenia |
Debemos tener en cuenta que su padre, el Conde de Montijo, quien después de heredar los títulos de su hermano se había convertido prócer del reino (especie de senador), volvió a España dejando a la familia en París, y falleció en 1839, dejando a sus hijas con 14 y 13 años. Eugenia se parecía mucho a él, y se quedó muy afectada por su prematura muerte:
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| Próspero Merimée |
En el frenesí de la vida social de la nobleza francesa, su madre, ya condesa viuda de Montijo, se codeó con lo más granado de la sociedad parisina, entre los que se encontró el escritor Próspero Merimée, autor de la novela “Carmen” en la que se inspiró Bizet para su famosa ópera (se dice que Merimée se inspiró en una historia que le contó la condesa para escribir esta obra).
Uno de los sucesos más conocidos de su vida fue cuando, según los relatos, cuando tenia 12 años y aún estaba en Granada, había ido una tarde por el pintoresco barrio del Albaicín, donde una gitana la habría predicho su futuro, diciéndole que llegaría a ser reina. Asimismo, ya con más de 20 años, un cura parisino le predijo también que llegaría a emperatriz.
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| El Albaicín |
Sin embargo, su primer amor fue uno de los personajes más interesantes de la historia de España: José Osorio y Silva, Marqués de Alcañices y preceptor del rey Alfonso XII. La historia fue terrible, ya que el marqués estaba enamorado de su hermana Paca. Sin embargo, cuando Eugenia lo descubrió, pensó en quitarse la vida y meterse en un convento, pero la cosa quedó en nada.
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| El Marqués de Alcañices, Duque de Sesto |
Otro famoso capítulo en este tema fue el de don Jacobo Fitz-James Stuart, duque De Alba. Al parecer, el duque intentó casarse con Eugenia, pidiéndole a su madre su mano en matrimonio. Sin embargo, ella decidió que se casara con la hija mayor, Paca, siendo así ambos los bisabuelos de Cayetana, la famosa XVIII duquesa de Alba.
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| Jacobo XV Alba |
Entre tanto, estallaba en Francia la revolución de 1848, la romántica Primavera de los Pueblos, destronando al rey Luis Felipe de Orléans y proclamándose la Segunda República Francesa. Aunque se proclamaron más candidatos, había uno que llamaba la atención de todos los sectores, desde los veteranos militares a los labradores pasando por los burgueses de provincias y señoritos de París: un tal Bonaparte.
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| El principe presidente |
Este era Carlos Luis Napoleón Bonaparte, hijo pequeño (aunque último superviviente) del rey Luis I de Holanda, hermano menor del emperador Napoleón I, y de Hortensia de Beauharnais, hija del primer matrimonio de la Emperatriz Josefina, esposa del propio Napoleón.
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| Su padre, Luis Bonaparte |
El tener un nombre conocido hizo que ganara las elecciones con una fuerte mayoría, convirtiéndose en el Presidente Bonaparte de la II República Francesa (se le conocía como “El Príncipe-Presidente”.
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| Hortensia de Beauharnais, su madre |
Fue precisamente durante esta época cuando Bonaparte se fijaría en nuestra protagonista, doña Eugenia. El 12 de abril de 1849, la princesa Matilde Bonaparte (hija de Jerónimo Bonaparte y, por tanto, prima carnal del futuro Napoleón III) le presentó a este a la hermosa noble española, quedando el presidente enamorado de ella, admirado de su inteligencia.
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| Matilde Bonaparte |
Desde entonces, Bonaparte empezó a cortejarla con relativo descaro (con el beneplácito y apoyo de su futura suegra, la Condesa viuda de Montijo), buscando conseguir el favor de doña Eugenia. Parece ser que, en una ocasión, privada y descaradamente, el presidente le preguntó a su enamorada como podía hacer para llegar hasta ella, contestándole esta:
Por la capilla, sire, por la capilla.
Y, pese a la sorpresa de todo su país, así fue. Le pidió matrimonio, y ella aceptó (no sin antes preguntarle a su gran amor, el Marqués de Alcañices, lo que debería hacer. El le respondió, con cierto pragmatismo, “que esperaba que le fuera todo muy bien”.
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| El Emperador Napoleón III |
En 1851, Bonaparte dio un golpe de estado, haciéndose proclamar primero “Presidente vitalicio” y, siguiendo los pasos de su tío, el 2 de diciembre de 1852 se proclamó emperador del Segundo Imperio Francés.
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| La violeta de Parma, la flor favorita de Eugenia |
Según la tradición, Napoleón le preguntó entonces a doña Eugenia cuál era su flor favorita, y ella le dijo que la violeta. Con el motivo de su boda, y en símbolo de su amor, llenó de violetas la Gran Ópera de París, convirtiéndose la flor en un símbolo del Segundo Imperio, unida al águila que, desde su tío el primero, era símbolo de la Casa de Bonaparte.
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| Escudo Bonaparte |
Los españoles, siempre tan dados a la copla, le cantaban a doña Eugenia3
Eugenia de Montijo, qué pena pena
Que te vayas de España, para ser Reina
Por las Lises de Francia, Granada dejas
Y las aguas del Darro, por las del Sena
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| La boda |
Así pues, el día 22 de enero de 1853, tan solo un mes y medio después de proclamarse emperador, Napoleón III anuncia al senado imperial su decisión de casarse con Eugenia de Montijo (compromiso tomado por el pueblo con cierta indiferencia), y así se celebró la boda el domingo siguiente, primero por lo civil aquella tarde del 29 de enero en el Salón de los Mariscales del Palacio de las Tullerías, y a la mañana siguiente la boda religiosa en el altar mayor de la Catedral de Notre Dame, convirtiéndose oficialmente en la “Emperatriz de los Franceses”.
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| Notre Dame de París |
Como curiosidad, les contaré que Doña Eugenia, para vencer la indiferencia de su nuevo pueblo, realizó una reverencia hacia sus súbditos para declararles que, aunque fuera española de nacimiento, ahora era una servidora de Francia. Además, la cuantiosa suma que se le dio a su boda fue donada íntegramente para construir un hospital para chicas desamparadas que llevaría su nombre.
Nuestra protagonista, de profunda fe católica, influyó mucho en este sentido en su esposo, de pasado anticlerical, convirtiéndolo en un fiel defensor del Papa y llevándolo a mejorar las perjudicadas relaciones de la Casa Bonaparte con la Santa Sede (recordemos que su tío Napoleón I había secuestrado y utilizado políticamente a los papas Pío VI y Pío VII).
Eugenia y Napoleón III, tras varios abortos, tendrían en 1856 a su único hijo, el príncipe imperial Napoleón Luis Eugenio (conocido fundamentalmente como Eugène Napoleon). Con su nacimiento, se veía asegurada la continuidad de la dinastía con el heredero imperial y, además, se daba una imagen pública de familia feliz (la cual, por cierto, distaba mucho de la realidad por la cantidad de amantes que el Emperador tenía).
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| El matrimonio y su único hijo |
Con respecto a su participación en la vida política francesa, sus maniobras no fueron muy numerosas, pero sí decisivas, tanto para bien como para mal.
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| La inauguración del canal |
Para bien hay que destacar, fundamentalmente, su gran viaje diplomático de 1869 por el Mediterráneo Oriental, visitando Estambul y Egipto. El punto más fundamental fue su presencia en la inauguración del Canal de Suez ese mismo año (donde también participó su homólogo austro-húngaro Francisco José I). Hay que decir que el ingeniero que diseñó el canal era Ferdinand de Lesseps y de la Grevignée, Primo carnal de su madre, que recordemos que se llamaba María Manuela Kirkpatrick y de la Grevignée).
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| Lesseps, Primo carnal de la madre de Eugenia |
Para mal (entendámoslo como consecución de resultado), destacaré la invasión francesa de México de los años 1860, en el que, así como el Napoleón III tenía intereses comerciales y expansionistas, la Emperatriz tenía como objetivo colocar México como una potencia católica en Norteamérica. Colocaron a Maximiliano de Austria, hermano De Francisco José, como emperador, pero reinado duró solo 3 años hasta que los republicanos de Juárez lo ejecutaron.
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| Maximiliano de México y su esposa Carlota |
Su apoyo al Papa Pío IX fue incondicional, sobre todo a partir de 1859, cuando la Casa de Saboya intentó unificar desde la norte, desde su reino de Piamonte-Cerdeña, la totalidad de Italia. Si bien fueron ganándole territorios a Austria, conquistando las Dos Sicilias y los ducados de la costa Ligur, Napoleón III, inspirado por su esposa, defendió los Estados Pontificios del ataque saboyano durante años, hasta que la Guerra Franco-Prusiana hizo que tuviera que dejar al Papa a su suerte, unificándose Italia en el 1870.
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| El Papa Pío IX |
Precisamente fue la Guerra Franco-Prusiana la que hizo caer el Imperio Napoleónico, pues tras la Batalla de Sedán el 2 de septiembre de 1870, la Prusia de Bismarck y el futuro Káiser Guillermo hundía a Napoleón III. Desaparecía un Imperio, pero nacía el Imperio Alemán.
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| Napoleón III y Bismarck |
Así pues, Napoleón III, Eugenia y su hijo Napoleón Eugenio tuvieron que partir al exilio a Inglaterra en un viaje en bastante malas condiciones, yéndose al reino donde reinaba la Reina Victoria, con quien tenía buena relación, instalándose en Camden House, en Kent, el SE de Inglaterra, yendo su hijo a estudiar a la Academia Militar de Woolwich, en las cercanías de Londres.
Allí, la salud de Napoleón III se fue deteriorando hasta su fallecimiento, tras unos fuertes dolores abdominales, el 9 de enero de 1873, sin la presencia de su hijo, que se convirtió, para los monárquicos bonapartistas franceses, en Napoleón IV.
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| Napoleón IV |
El nuevo pretendiente, Napoleón Eugenio, era un joven verdaderamente intachable, tanto en el campo personal como en el campo educativo, sin que se le conociera mancha. No estaba casado, pero se esperaba que se acabara prometiendo con la infanta María del Pilar de España, penúltima hija de Isabel II.
Destinado a convertirse algún día en el restaurador de la Monarquía en Francia, Napoleón IV decidió partir como voluntario a la guerra zulú a Sudáfrica, pero allí falleció el 1 de junio de 1879, con solo 23 años, por una caída de caballo, dejando desolada a su madre, doña Eugenia, así como a su querida infanta Pilar, que falleció tan solo un mes y medio después.
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| Cuando murió la Infanta Pilar, doña Eugenia mandó unas violetas de la tumba de su hijo, recién enterrado, para unirlos en la eternidad |
Desde entonces, la Emperatriz viuda doña Eugenia vivió una vida de riguroso luto, que transcurrió entre la Villa balneario inglesa de Bournemouth y sus temporadas en la localidad de Biarritz, en el SO de Francia casi fronterizo con España, convirtiéndolo poco después en el gran destino vacacional de la alta sociedad europea.
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| Biárritz |
Además, pasaba grandes cantidades de tiempo en Madrid, en el Palacio de Liria, residencia de su sobrino nieto, el Duque de Alba, que era nieto de su querida hermana Paca Alba, y a quien dejó como uno de sus principales herederos.
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| Su sobrino nieto, Jacobo XVII de Alba, y su hija Cayetana |
Durante su larga vida, que se prolongaría 47 años tras la muerte de su esposo, la emperatriz Eugenia seguiría manteniendo buena relación con el resto de las monarquías europeas, siendo incluso madrina de bautismo de la futura Reina Victoria Eugenia de España, que se llamó así por ella.
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| Victoria Eugenia y su madrina |
Aún así, los últimos años de su vida fueron bastante oscuros, entre el luto por haber perdido a su hijo y su hermana, pese a que intentaba animarse dedicándose a la caridad y a mantener buena relación con sus homólogos europeos (a muchos de los cuales, como al Imperio alemán que había hecho caer su propio Imperio, vio destronados).
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| Napoleón III, Eugenia, la Reina Victoria y el P. Alberto |
A principios de 1920, cuando ya contaba con 93 años, fue a Barcelona para que el famoso oftalmólogo Barraquer lo operara de cataratas, una operación realmente exitosa, recuperando la vista y pudiendo volver a ver y a leer.
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| I. Barraquer |
Sin embargo, aquel julio de 1920, se sintió indispuesta en Madrid, en una de sus estancias con sus sobrinos Alba, falleciendo en el Palacio de Liria el 11 de julio de 1920, siendo trasladado a París en tren, donde fue velada unas horas, y después a Inglaterra, donde fue enterrada junto a su esposo y su hijo.
La vida de la emperatriz Eugenia fue tan larga como impresionante, pasando de ser una muchacha de Granada que paseaba por la Alhambra y el Albaicín en el ocaso del Antiguo Régimen, a la Emperatriz que consiguió conquistar al águila Bonaparte, entre triunfos y exilios, joyas y penas, que se acabaría convirtiendo, con su fallecimiento a los pies de la caída de la Restauración, en una de las vidas más largas e interesantes de la Historia de España.
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Espero que les haya gustado. Les recuerdo que me reservo los derechos de autor del texto, no así de las imágenes, en su mayoría ajenas a mí, cuya propiedad reconozco a sus respectivos dueños.
Santiago Ogando Pérez.














































Muy interesante
ResponderEliminarMuy interesante relato de la Emperatriz Eugenia de Montijo
EliminarAgradezco su publicación. Muy interesante.
ResponderEliminarSiempre muy interesantes y completos tus informes ! Me encanta leerte!
ResponderEliminarSandra Massé
EliminarMuy interesante !!
ResponderEliminarMuy interesante
ResponderEliminarMuy buena la historia. Solo una pregunta, cuándo paso la herencia de los alba al primo inglés
ResponderEliminarUn pasaje de la historia interesantisimo y muy bien relatado. Muchas gracias por compartirlo.
ResponderEliminarExcelente material👏
ResponderEliminarMuy interesante me ha gustado mucho
ResponderEliminarMe gusta la historia de todos nuestros antepasados,no siempre por tener titulos y fortuna,tienen la felicidad simple de un pueblerino.
ResponderEliminarQue pasa con su castillo manchego!
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