Hoy quiero hablarles de uno de los descubrimientos médicos más importantes de la historia de la humanidad: la quinina o chinchona, una sustancia natural sacada de la corteza de un árbol americano que supuso el tratamiento principal en la lucha contra una de las peores enfermedades conocidas: la malaria.
El interés que nos trae este medicamento está en los primeros años de los virreinatos españoles en América, cuando la medicina del Viejo y del Nuevo Mundo se fundieron al salvar una indígena peruana a la virreina española, la Condesa de Chinchón, de morir cuando estaba gravemente enferma de malaria al darle la quinina, una medicina tradicional americana desconocida en Europa.
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| Quinina |
Pasemos a la historia.
En primer lugar, quiero hablarles un poco de la malaria, también llamada paludismo. Es una enfermedad infecciosa transmitida por mosquitos que, muy resumidamente, causa unas fiebres muy intensas, vómitos y una marcada coloración amarilla de la piel, con origen en la parasitación de un microbio (protozoo Plasmodium) en los glóbulos rojos de la sangre.
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| El mosquito Anopheles inyecta en el humano un protozoo, el plasmodium, que causa la malaria |
Esta es una enfermedad de la que hay constancia escrita ya desde la antigua China, y aunque hoy tiene su mayor presencia en el África Subsahariana y algunos puntos de Sudamérica, tuvo una gran presencia en Europa a lo largo de los siglos, más particularmente en las zonas de ríos y pantanos (mayor presencia de los mosquitos Anopheles).
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| La distribución mundial de la malaria hace 4 años |
Cuando, en el siglo XV, sucedió el descubrimiento de América, tuvo lugar un intercambio de enfermedades entre los descubridores europeos y los nativos americanos, en el que si bien los indígenas aportaron algunas infecciones como la sífilis, los europeos llevaron otras como viruela, gripe o, indirectamente, la malaria.
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| Colón llega a América |
Al respecto de la llegada a América de la malaria, hay dos teorías: una, que ya había llegado allí antes, quizá desde Asia en una sequía del estrecho de Bering, la cual se apoya en que, en el segundo viaje de Colón, se encontró una gran epidemia en la Isabela en 1493, aparentemente a causa de paludismo.
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| Bartolomé de las Casas |
La otra, como les decía, es que los mosquitos de la malaria viajaron en los barcos, en principio desde España, pero principalmente desde África, en los que tantos esclavos negros viajaron a América ya desde el inicio de la Conquista por, según afirmaba el propio Fr. Bartolomé de las Casas, ser más resistentes a las epidemias.
Sea como fuere, desde que tuvieron lugar los registros españoles en los virreinatos de Indias, hubo multitud de casos de malaria que afectaban tanto a los españoles metropolitanos que viajaban a Indias como a los propios indígenas. Y aquí es donde llegamos a la historia que hoy nos ocupa.
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| Luis Jerónimo Fz de Cabrera Bobadilla y Mendoza, IV Conde de Chinchón |
Resulta que, en el año 1629, Don Luis de Cabrera y Bobadilla, conde de Chinchón, fue nombrado por el rey Felipe IV como virrey del Perú. Este estaba casado en segundas nupcias con Francisca Enríquez de Rivera, quien llegó al Perú con su marido en el año 1629.
Resultó que, cuando la nueva virreina llegó a su nuevo dominio, se encontraba muy mal de salud, cansada y con fiebre, malestar que los médicos achacaban a lo largo y dificultoso del viaje. Sin embargo, según fueron pasando los días, se descubrió que en realidad la condesa padecía las llamadas “fiebres tercianas”, tan características de la malaria, que se conocen así por suceder episodios de fiebre muy alta con una duración de unos tres días.
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| Las fiebres tercianas según el tipo de plasmodium que las cause: Plasmodium falciparum, vivax y malariae |
El caso es que los indígenas habían empezado a utilizar la amarga corteza de un árbol llamado quino, y el médico del virrey, Juan De la Vega, se empezó a plantear la idea de dárselo tras escuchar la idea del confesor del Virrey. Así, tras probarlo en varios indígenas también enfermos y objetivar su curación, se lo dio a la condesa, que mejoraría enormemente, haciéndose gracias a esto famoso este polvo de la quina. Con esto, fueron conocidos como “Polvos de la Condesa”.
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| El jesuita padre Cobo |
Poco tiempo después, un sacerdote de la recién fundada Compañía de Jesús, llamado Bernabé Cobo y Peralta, quien tras vivir más de 40 años en América, publicó la obra Historia del Nuevo Mundo, en la que hablaba en 1653 de que, en las cercanías de Quito (actual Ecuador, pero por aquel entonces virreinato del Perú), los indígenas utilizaban la corteza del quino, muy amarga y gruesa, pero similar a la canela, para curarse de las famosas fiebres tercianas.
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| Quina |
Estos polvos ya se enviaban a Europa, y más particularmente a Roma, donde fueron conocidos como “polvos de los Jesuitas”.
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| Quino |
Con el paso de los años, según la ciencia iba avanzando, llegó el naturalista sueco del Siglo XVIII Carlos Linneo, quien clasificó la quina con el nombre científico de Cinchona en memoria de la Condesa de Chinchón, aquella que, más de un siglo atrás, había sido salvada de la malaria por esta planta.
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| Carlos Linneo |
En esa época, se secaba la corteza, se molía en un polvo muy fino y se mezclaba con vino para beberla. Sin embargo, Pelletier y Caventou descubrieron en 1820 la quinina, esto es, el principio activo de la planta “quina” que era la que tenía el verdadero efecto sobre la malaria. Sería, por fin, en 1944 cuando Woodward y Doergin lograrían la síntesis artificial de la quinina, sin tener que sacarla de la corteza del quino.
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| Pelletier y Caventou |
La malaria, si bien hoy en día tiene aún una presencia importante cuando se habla de la medicina preventiva de los viajes a países tropicales, es una enfermedad histórica que tiene una interesante trama detrás, donde la mezcla de culturas llevó a la curación de una enfermedad que llevaba milenios asolando a la humanidad, y que el descubrimiento de América conseguiría, aunque indirectamente, encontrar su cura.
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| La estructura de la quinina |
Espero que les haya gustado. Les recuerdo que me reservo los derechos de autor del texto, no así de las imágenes, ajenas a mí, cuya propiedad reconozco a sus respectivos dueños.
Santiago Ogando Pérez.

















Fascinante
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