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Un año ordinario, veríamos las calles llenas de gente disfrazada de época, niños haciendo talleres de oficios tradicionales, jóvenes pasándolo bien como acostumbramos, matrimonios más veteranos dando un paseo recordando viejos tiempos... todo esto envuelto en el olor a esa salada mar que empapa las riberas del casco viejo de Vigo, sazonada con los aromas del vino del Ribeiro y las carnes que se asan y del pulpo cocido tan típico de nuestro país.
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| Imagen del Faro de Vigo de hace unos años |
Ahora, pasemos a recordar la gran hazaña, la magnífica acción que cubrió de gloria para siempre la muy noble y leal ciudad de Vigo. Permítanme hacer un recuerdo para don Emilio Estevez Rodríguez, para nosotros “el abogado de Jubin”, autor del mejor libro sobre la Reconquista de Vigo, y según la BNE uno de los 25 mejores libros sobre la Guerra de la Independencia, “El coronel Cachamuíña”, al cual citaré, si me lo permiten en varias ocasiones.
Como es bien sabido, en 1808, tras el tratado de Fontainebleau y las abdicaciones de Bayona, la mayor parte de España estaba ocupada por el ejército de la Francia Revolucionaria, ahora Napoleónica. Serían los grandes mariscales Soult y Ney los que dirigirían el ejército en nuestra tierra.
Vigo, entonces una villa marinera de Segunda, sin haberse unido con las vecinas Bouzas, Lavadores, Teis, etc. era una plaza amurallada, con unas murallas irregulares, bajas y sin foso, con seis puertas (entre ellas la puerta de la Gamboa, de la que luego hablaremos), y dos castillos que la defendían. La única salida de la muralla era el puerto del Berbés, el bello barrio marinero de Vigo. No era la ciudad más fuerte, pero al menos tenía sus murallas. Pero los franceses entraron en la ciudad y la tomaron, como tantas otras, a finales de enero de 1809.
Durante un mes, se mantuvo la ciudad tomada sin ninguna acción firme, pero hasta mediados de marzo, exactamente el día 12, los paisanos de los pueblos de alrededores, dirigidos por los curas y frailes, clásicos de las guerrillas de la independencia, empezaron a sitiar Vigo “aficionadamente”, sin dejar salir ni entrar a los franceses.
Así se mantuvieron unos 12 días, hasta que el día 26 llegarían a Vigo las fuerzas militares de los tres capitanes: Bernardo González Del Valle, Cachamuíña; Pablo Morillo y Morillo, y El Capitan Colombo.
Llegados los tres al cerco de Vigo, al frente de sus respectivas milicias, se establecieron el día 26 en el Areal. Su llegado constituyó un gran alborozo entre los paisanos, que veían acercarse la victoria. Cachamuíña, con fama de héroe ya en Galicia, citando a Don Emilio Estevez, mayor experto en la reconquista, “infundió en los locales grandes síntomas de seguridad y esperanza”. También Colombo reforzó esas ilusiones, pues debemos recordar que su mujer era de Vigo.
Tras rencillas entre Morillo y Cachamuíña, que al ser del mismo grado, lucharon por llevar el liderazgo. Ante las desavenencias, el desairado Cachamuíña decidió lanzarse al ataque con algunos de los frailes de los pueblos de al lado.
Sin embargo, los ingleses que sitiaban por mar, viendo que Chalot, el comandante francés, no se rendiría ante alguien de menor grado, decidieron nombrar coronel a Morillo de una manera irregular, por ser enviado de la junta central, pese a ser Cachamuíña el encomendado del Marqués de la Romana y tener más méritos de guerra. Esto supuso graves problemas entre los caudillos locales y Morillo.
Uno de estos, Tenreiro Montenegro, sería enviado a negociar con los franceses el día 26, pero aun no se rindió.
Llegó el día grande, el día 27, y ese día Cachamuíña se cubriría de gloria. A las 12 de la mañana del día 27, sin que el francés contestase aún a la petición de rendición, se decidió pasar a la acción.
Si bien Morillo quería esperar al anochecer, Cachamuíña, con fundada impaciencia (sospechaba, y con razón, que el ejército francés estaba avanzando desde la frontera francesa), decidió pasar a la acción. Este preparó una magnífica estrategia: mientras unos paisanos, al ir cayendo la noche, entrarían por donde ahora está el concello por ser ahí la muralla más baja y fácil de saltar, él con sus militares y algunos marineros echarían abajo la puerta de la Gamboa, mientras, pasitos, esperaban el resto de los caudillos aún sabiendo que se acercaba el enemigo desde Tuy.
Fueron unos 300 paisanos, y unos 42 militares regulares, los que lanzaron ese ataque de la “tardiña” del día 27.
Un anciano marinero del Berbés, de nombre Carolo, manejando un hacha con un valor impropio de su avanzada edad, descargó los primeros golpes sobre la puerta. Por desgracia, cayó mortalmente herido por las balas de fusil de los franceses. Fue entonces cuando nuestro Capitán Bernardo González del Valle Cachamuíña, de alta estatura, aún joven, comandante del ataque, tras ser testigo de la valentía del anciano marinero, corrió hacia la puerta con el brío que lo caracterizaba, y con todas sus fuerzas, tras tres balazos que recibió, hizo deshacerse la puerta y la echó abajo. Así, lograron entrar en la plaza los sitiadores. Después, aún recibió otra herida de bala. Sobrevivió, y fue nombrado comandante. Segun la tradición, se encomendó al Santo Cristo de la Victoria, patrón de Vigo, y se curó con la ayuda del médico de Vigo, Dr. Velázquez Moreno.
Al día siguiente, recibió Pablo Morillo, pues Cachamuíña estaba impedido por las balas, la rendición del comandante Chalot.
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| Monumento a la Independencia con Pablo Morillo |
Morillo después se iria, haría el informe haciéndose el de más, aún siendo Cachamuíña nombrado coronel por la junta central legítimamente, y Comandante de Armas de la Plaza de Vigo, y después gobernador de la provincia de Tui.
Consiguió así Vigo convertirse en la primera plaza de España en liberarse totalmente de la presencia de los franceses en Vigo, a donde, lamentablemente, volverían comandados por el traidor Pablo Morillo, ahora conde de Cartagena, en 1823 como los Cent Mille Fils de Saint Louis, reponiendo el terrible absolutismo en España.
Una historia maravillosa, llena de gloria, traiciones y estrategia. Hoy en día, una estatua de Pablo Morillo se alza en la plaza de la Independencia de Vigo. Una situación calificable sencillamente de dantesca, que alguien como Morillo, un trepa traidor, presida esa farsa de historia que muchos se han empeñado en inventar. No nos podemos olvidar que Morillo fue capitán general de Venezuela, donde hizo graves Matanzas, al lema de “España no necesita de sabios, sino de súbditos”.
Cachamuíña moriría 40 años después, agraviado por el estado, sin recibir su pensión de invalidez. Gracias a dios, sus grandes rentas como mayorazgo le permitieron una vida tranquila, pero desde luego, aunque le dieron la Carlos III, la de Isabel la Católica y la de S. Hermenegildo, al puro estilo español, solo le repartieron títulos u ordenes, pero ni un solo real. La triste realidad.
¡Reivindiquemos los vigueses nuestra memoria histórica!
Créditos a los dueños de las fotos.




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